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La memoria de Cumbe en su primer museo etnográfico


Entrar en el Museo Etnográfico de Julio E Pesántez es adentrarse a la historia de Cumbe, a sus hogares, a los espacios de antaño, a sus cerros y a la naturaleza que lo rodea. Es como si esa parroquia rural de Cuenca hubiera sido metida en una casa de tres pisos, en las que reposan una serie de objetos que describen su cultura y sus tradiciones.


Telares, polleras, ollas, billetes, fotografías, instrumentos de la ganadería y la agricultura, camas, zapatos, uniformes escolares, juguetes, canastos, cocinetas, muebles, sombreros y la tecnología, hoy obsoleta, que se usaron en Cumbe y, en algunos casos, se siguen usando, forman parte del acervo del museo.


Pero, para eso, para guardar y exhibir la cultura de Cumbe hay una historia. Hay un personaje que ha estado luchando, cada día, para darle forma al primer museo etnográfico de una parroquia rural de Cuenca.


El personaje se llama Jaime Chinchilima Pesántez, un “cumbeño”, cuyo gusto por el coleccionismo lo llevó a pensar, en los últimos diez años, cómo levantar un espacio que diera cuenta la vida de su comunidad parroquial.


“Yo siempre he valorado mi cultura, y he querido compartir eso con la gente. Al principio no sabía cómo. Pensaba en un centro cultural, pero preguntando, averiguando, leyendo, salió lo del museo etnográfico”, dijo Jaime a diario El Mercurio.

La razón de levantar un espacio así fue porque la etnografía, método de observación y registro de las prácticas culturales, le permitió darle un concepto a cada uno de los objetos que, a lo largo de dos décadas, compró Jaime.


Cómo eran los cuartos en donde descansaban las generaciones del siglo pasado, cómo eran las cocinas en donde se preparaba la comida, o cuáles eran las herramientas que se usaban para trabajar con el ganado, son algunas de las preguntas que se planteó Jaime.


Para responderlas adecuó la casa de su difunta madre, doña Julia Pesántez. Dividió el hogar de tres pisos en 12 salas para recrear el modo de vivir y el modo de trabajar de la gente de Cumbe. Y en septiembre de 2021 abrió el museo que lleva el nombre de su madre.


En el primer piso están distribuidas las fotografías del Cumbe antiguo. A un lado, en otra sala, están las herramientas de los ganaderos, los telares de los que tejían los ponchos, la cocina negra por la leña que se usaba para cocer.


En el segundo piso están los uniformes escolares que traen recuerdos de la época estudiantil de los cumbeños y las máquinas de escribir que usaban en las aulas. Más allá están los equipos de casete, los equipos de grabación, las cámaras y las computadoras que algunas personas de Cumbe llegaron a tener.


Mientras que, en el tercer piso está una habitación compuesta por una cama para una sola persona. Sobre ella está la percha en donde se colgaban las polleras y los ponchos. Y debajo el baúl que protege los zapatos.


“Cuando vienen acá recuperan la memoria. La gente recuerda cómo era el cuarto de sus abuelos, cómo se cocinaba, qué se usaba. Es un viaje por el tiempo. Eso es lo que he buscado”, explicó Jaime.

Proyecto replicable

Para la etnógrafa Tamara Landívar, el trabajo que ha venido realizando Jaime Chinchilima es el primero que toma forma en las zonas rurales de Cuenca.


Aunque antes ha habido intentos de abrir espacios que rescaten la memoria de las comunidades, no se ha prosperado en su implementación.


“Es uno de los primeros museos que nacen con esa intensidad y de una iniciativa privada. Eso también es muy relevante, porque los museos nacen por lo general de lo público”, opinó Landívar.


La etnógrafa acotó que, las comunidades y parroquias, al ver el trabajo de Jaime, podrían replicarlo para mostrar su cultura. Sin embargo, este trabajo toma su tiempo y es un proceso complejo que requiere disciplina, objetivos y recursos.


El mismo Jaime ha estado a punto de soltar su museo, ya que el trabajo que debe cumplirse depende, en gran medida, del dinero.


“No ha sido fácil conseguir los artículos. He obtenido recursos a través de proyectos, con los cuales he podido comprar algunas cosas. Mi familia también me ha ayudado. Ahora hay que sostenerlo, y esto solo se puede hacer con los visitantes”, explicó Jaime.


En su caso, Jaime hizo dos cosas para mantener abierto el museo: abrir una tiendita en la que vende artículos de primera necesidad y cobrar un valor simbólico por la entrada al espacio etnográfico (dos dólares para los adultos y un dólar para los niños).


Con lo que recauda, lo único que tiene en mente es sostener al museo para que las gentes conozcan los espacios que no solo le pertenecen a los cumbeños, sino a todo los cuencanos del cantón.



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